mas_que_batirse

 

Acostumbrado a lidiar con rufianes y gente de baja alcurnia, aquella noche se le presentó un lance que cambiaría su destino para siempre.

– ¿Quién sois vos que os atrevéis a reíros de mí tan insolentemente? ¿A caso no sabéis quién soy?

– Ciertamente que lo sé. Llevo días en vuestra busca. Sois Álvaro Guzmán de la Marca, y debo deciros algo importante.

En ese momento Álvaro Guzmán sujetó la empuñadura de su arma y arqueó su ceja izquierda, señal inequívoca que se preparaba para otro duelo.

– Bien, pues desembuchad rápido que no tengo todo el día.

– Vuestra merced debería saber que su majestad el Rey ha puesto precio a su testa. 500 maravedíes. Y pienso cobrármelos cuanto antes.

Dicho esto dos sombras se abalanzaron por detrás del audaz espadachín. Su instinto de batalla le hizo reaccionar y pudo zafarse de ellos con rapidez. Con el acero blandió firmemente varios mandobles hacia la oscuridad con mortal puntería, pues enseguida sonaron sendos pesos que caían al suelo fulminados y retorciéndose de dolor.
Lo que no estaba previsto era que aquel bravucón, aprovechando la riña, le encajara un profundo corte en la oreja.
Todavía no había empezado a sangrar cuando por inercia de la Marca se giró a su anónimo adversario propinándole una certera estocada en su ojo derecho. El infame heraldo soltó un alarido que despertó a medio mundo.

– ¡Maldito bellaco! – profirió de la Marca – ¡Podré perder una oreja pero vos no os quedaréis atrás! Decidle a vuestra Majestad que acaba de cobrarse su deuda. Pues toda esta carnicería es más que suficiente. Aquí os la dejo para que hagáis morcillas con ella, que bien seguro le saciarán. Y si tiene alguna queja que se presente en persona la próxima vez.

Sobresaltado por aquella sentencia el despreciable emisario huyó como alma que lleva el diablo.

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